1.– La
ficción
La reciente publicación de la novela titulada
El código Da Vinci 1 ha generado toda suerte
de polémicas. Los editores originales (Random
House) y Dan Brown, su autor, le han hurtado el
cuerpo a la disputa afirmando que sólo se
trata, justamente, de una novela.
La tesis implícita,
en dicho argumento, parecería ser esta: nada
puede provocar rechazo en el terreno absolutamente
libre del arte pues éste es sólo eso,
arte (en este caso se trataría del arte de
narrar, aunque tenemos otros ejemplos recientes
referidos a la plástica). Esta tesis olvida
que el arte no se agota en sí mismo y que
la literatura, ya sea épica, lírica
o novela (género más reciente) siempre
fue soporte de cosmovisiones. Que no existe una
novela sin tesis. Y también pretende olvidar
que buena parte del público aspira a adquirir
conocimientos a través de la lectura de pretendidas
ficciones. Y así fue, en efecto, cómo
nació la novela histórica en el siglo
XIX.
Por
mucho tiempo generaciones enteras pensaron que estudiaban
historia al leer a Walter Scott, Dumas (padre o hijo),
Benito Pérez Galdós o José Mármol.
Las relaciones entre narración, ficción,
historia, explicación y verdad pretendieron
ser zanjadas en la notable novela de Mario Vargas
Llosa titulada Historia de Mayta, en la cual se expone
esta tesis fuerte: toda la historia (entendida como
Historie o rerum gestarum) es un cuento, una invención.
Es decir, no hay novela histórica, ni siquiera
historia (res gestae, Geschichte) sino solo, omnipresente
y autogénica novela: todo es narración.2
El Código
se presenta como una novela que recurre permanentemente
a la historia bajo los ropajes del género policial.
Juzguémosla, pues, primero como novela, para
analizar, más tarde, los retazos de historia
que por allí aparecen. Para ello recordemos,
brevemente, algunas reglas que un maestro en el arte
de escribir novelas policiales (Raymond Chandler)
estableció como inviolables:
(1) La novela
debe ser escrita con verosimilitud, tanto en la situación
original como en su desenlace. ¿Qué
implica esta regla? Brevemente: evitar que el personaje
menos probable sea convertido violentamente en el
criminal sin convencer a nadie;
(2) debe ser técnicamente sólida en
lo referente a los métodos de asesinato y detección
(se deben excluir venenos fantásticos, por
ejemplo);
(3) debe basarse en gente real en un mundo real;
(4) además del elemento de misterio, el valor
de una novela policial se mide por la historia sólida
(asunto) que la sostiene;
(5) la novela policial debe tener una estructura simple,
de modo que pueda explicarse con facilidad;
Y, salteamos
hasta la regla diez, debe ser razonablemente honesta.
¿Qué significa aquí honestidad?,
se preguntaba Chandler. Respondía: no alcanza
con exponer los hechos, se deben exponerlos con imparcialidad
y deben pertenecer a ese tipo de hechos a partir de
los cuales pueda funcionar la deducción. No
se debe, entonces, ocultar al lector las claves más
importantes, ni tampoco las otras, mucho menos distorsionarlas.3
Dan Brown ha
violado sistemáticamente cada una de estas
reglas. Con respecto a la cuarta nos podemos, por
ejemplo, preguntar ¿cuál es el asunto4
que sostiene al misterio (por qué y quién
o quiénes han asesinado a Jacques Saunière)?
Ninguno, salvo una recorrida turística por
París y Londres. Pero, qué se esconde
detrás del pretendido misterio. Respuesta:
el Grial, su verdadera identidad, su localización
y aún más el secreto de los secretos,
la verdadera naturaleza de Cristo y su relación
con María Magdalena.
Esta serie
de "secretos" en realidad fueron los tópicos
del sub-género conocido como realismo fantástico
y que estuviera de moda por la década del sesenta
representado por autores tan poco sólidos como
Gerard de Sède (por no citar los más
conocidos Louis Pauwels y Jacques Bergier).
Descartando
la imposibilidad de sostener este misterio (el Grial
como metáfora del vientre femenino) a lo largo
de 557 agobiadoras páginas le resta al autor
tan solo un pobre recurso para mantener nuestra atención
y motivarnos para avanzar en la lectura: la identidad
del Maestro que se mueve tanto detrás del asesino
Silas como del Obispo Aringarosa, su superior jerárquico.
(Digamos, además, que la pobre traducción
castellana de Maestro por el término original
the Teacher tiende a confundir más la lectura
y la identidad de éste con la del Gran Maestre
del Priorato de Sión, en el original Great
Master, esto es el asesinado Saunière).
Este Teacher
se presenta como el titiritero que va moviendo sus
piezas (Silas, el Obispo, Robert Langdon, el inspector
Fache) en procura de llegar a conocer dónde
se encuentra el Grial. El asesinato de Saunière
involucra, al comienzo, al experto en símbolos
norteamericano R. Langdon y, poco más tarde,
a la misma nieta del conservador del Louvre (Saunière),
Sophie Neveau (de la cual en una página se
nos informa que cuenta con 32 años para enterarnos
en la siguiente que roza los treinta5).
No puede faltar,
tampoco, el sagaz inspector, Bozu Fache (en la peor
imitación o parodia de un Hercúles Poirot),
del cual se nos carga de información totalmente
inútil sobre su condición de católico
"conservador" (decimos información
inútil pues la misma no produce consecuencia
alguna en el progreso de la narración y la
figura del inspector, como también su espiritualidad,
se diluye promediando las primeras cuatrocientas páginas.
Lo mismo hubiera dado si el autor nos hubiera dicho
que Fache era nativo de Marsella y devoto del pescado
frito).
Los otros personajes
que se presentan son, ya lo dijimos, Silas, el monje,
y el Obispo Aringarosa, quienes servirán de
pretextos para pintar al Opus Dei con tintes siniestros.
Dejando de lado el ya remarcado hecho de que la Obra
no cuenta con monjes y concediéndole al autor
el privilegio de la total libertad que parecería
gozar el género novelístico, limitémonos
a juzgarlo, por el momento, de acuerdo con las leyes
del género mismo. Y subrayemos, entonces, cómo
se han violado las mismas:
(1) se ha
cargado al lector con información inútil;
(2) se coloca
como protagonista a un curioso experto en símbolos,
a quien una criptóloga debe auxiliar a cada
rato (y al final de la novela tendrá que hacerlo
la abuela de la misma);
(3) se despista
al lector (violación de la regla diez de Chandler)
adjudicando cada uno de los crímenes cometidos
al Opus Dei, en primer lugar e indirectamente a la
misma cúpula de la Iglesia Católica
para, y en las páginas finales, desdecirse
rápidamente al afirmar que ni el Opus Dei ni
el Vaticano eran responsables de los crímenes;
(4) la necesidad
de oxigenar el pesado (y vacío) asunto (y seguramente
pensado en el futuro film) lleva a Brown a trasladar
la acción del Louvre a un Banco Suizo, más
tarde al Château de un Lord inglés (Sir
Leigh) experto en el Grial y finalmente a Londres;
tanto viaje acaba por fatigarnos. ¿Adónde
llegan después de tanto correr? Ni Brown ni
sus personajes parecen saberlo (y a propósito
recordemos ahora otra regla literaria, esta vez de
nuestro entrañable Horacio Quiroga: nunca comenzar
una narración sin saber cómo terminarla...)
De suyo resulta
bastante inverosímil (y siempre dentro de los
límites del pretendido anything goes del género
novelístico) que un experto en símbolos
y una criptógrafa tengan que recurrir a ¡¡otro
experto!!, esta vez en el Santo Grial. Parecería
que la barbarie de la especialización (que
ya ha embrutecido a nuestros científicos naturales)
comenzara a afectar también a los cultores
de las ciencias del espíritu. Es insostenible,
desde la técnica narrativa, la irrupción
de nuestros prófugos en el castillo de Sir
Leigh Teabing (especie de enclave británico
en Francia), como también caricaturesca la
britanidad del nombrado.
Después
de haberse resistido a recibirlos y tras someterlos
a un grotesco test de pseudo tradición inglesa,
les permite alegremente la entrada para ¡¡pasar
a dictarles cátedra de Grial para principiantes!!
Nuevamente nos sentimos consternados como lectores.
La acción se detiene para cargarnos de pseudo
explicaciones. Además aparece el infaltable
mayordomo, Rémy Legaludec: atención
a este punto pues es aquí en donde Brown despliega
toda su deshonestidad como narrador. En primer lugar,
el sirviente aparece como un fiel y celoso guarda
de su amo (uno estaría tentado en pensar en
el Néstor del genial Tintín, pero olvidémoslo:
Hergé era un verdadero narrador y aquí
reside toda su diferencia con Brown).
El fiel mayordomo
advierte a nuestro griálico Sir que sus huéspedes
son perseguidos por asesinato. Y aquél reacciona
de la manera más increíble: los traslada
en jet privado a la civilización, es decir
a Inglaterra. No queremos fatigar al lector (Brown
lo ha conseguido para siempre) continuando con la
reseña del pretendido asunto. Pero sí
debemos seguir señalando las trampas de la
novela. Ya en Inglaterra no hay misterio ni secreto
alguno, tan solo la identidad del Teacher, que va
dirigiendo desde las sombras a sus peones: Silas,
el Obispo e indirectamente a Fache, quien, a la sazón,
va eclipsándose de la historia.
En la pérfida
Albión aparece nuestro fiel mayordomo traicionando
a su noble amo y a continuación se colma nuestra
paciencia con un breve compendio del resentimiento
(no queda lugar común por incurrir, inclusive
la figura del antiguo sirviente imaginando cómo
se hará servir en algún sitio idílico6).
Se nos aclara, es la voz objetiva del narrador omnisciente
atención la que habla, que el mayordomo
ha traicionado a Leigh por dinero, tentado por el
Teacher. Claro y no podía ser de otro modo:
¡el culpable es el mayordomo! Pero, ¿de
qué es culpable? Ya a estas alturas no los
sabemos, seguro que no de la divulgación del
peculiar secreto por todos conocido. Pero las apariencias
engañan y más tarde el mayordomo es
asesinado (envenado, violación de la regla
dos de Chandler7) por el Teacher, cuya identidad todavía
se nos oculta (Brown es avaro con su último
recurso y quiere estar seguro que el lector no desista
de tan poco motivante lectura).
Y a tanto correr,
¿dónde hemos llegado? Nuestros simbolistas
se encuentran en la Abadía de Westminster,
buscando la tumba de Isaac Newton. Será allí
donde, por fin, conoceremos la identidad del Teacher:
el propio Sir Leigh. Y entonces, ¿por qué
se nos cargó con tantas referencias al resentimiento
del mayordomo? ¿Por qué se devaluó
la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo
si, al final, el esclavo seguía sirviendo a
su amo? Brown no se ha privado de violar ninguna de
las diez reglas canónicas de la novela policial.
Así sacó de la galera su última
y tramposa carta.
La novela parece
llegar a su fin. Ya estamos cansados de leer y, afortunadamente,
Brown parece estar cansado de escribir. No hay asunto,
no hay misterio, la trama está ausente con
aviso, y finalmente, tampoco hay código de
Da Vinci alguno que justifique el título (salvo
la conocida escritura de izquierda a derecha del florentino).
El Opus Dei y el Vaticano quedan, sabia y diplomáticamente,
libres de cargo. El culpable es tan sólo un
titiritero loco, que ni siquiera es cristiano. Sólo
queda una última travesía por Inglaterra,
en donde Sophie conocerá a su abuela y a su
hermano y se enterará, finalmente, que el Grial
no está en Gran Bretaña: un tesoro que
se les escapó a los ingleses.
2.– La historia.
Brown apela, en la obra, permanentemente a la historia,
pretendiendo pasar como grandes revelaciones fabulosas
hipótesis (que no hechos) que tienen, por otra
parte, ya larga data. Trataremos de introducir un
orden y una selección de las principales:
(1) En primer
lugar la naturalización de la figura de Jesús
(vale decir, la negación de la filiación
divina del Salvador) no es, ciertamente, de hoy. Brown
afirma, muy livianamente, una y otra vez, que los
primeros cristianos no consideraron que Jesús
fuera Dios y que dicha metamorfosis aconteció
en tiempos de Constantino, en particular durante el
Concilio de Nicea (325). Con sorprendente irreverencia
respecto a la historia se escatiman hechos y se ocultan
datos.
Que Jesús
era y es Dios puede ser considerado una cuestión
de fe, alegarán los incrédulos o los
racionalistas, pero el punto es que es además
un hecho histórico. Esta fue, justamente, la
clave para comprender el rechazo por parte de su pueblo,
el judío, y su martirio. Si Jesús hubiera
sido considerado un hombre excelso, un profeta más
en la línea de Elías e Isaías,
no se explica el principal reproche de los fariseos:
"porque siendo hombre te haces hijo de Dios".
Ahora bien, promediados los primeros dos siglos de
la era cristiana comienza a cuestionarse, en el mundo
griego, la naturaleza (humana y divina) de Jesús.
Y este contexto surge Arrio quien propondrá
la fórmula más simple: la negación
de Dios hecho hombre (y por lo tanto subraya la diferencia
substancial entre el Padre y el Hijo) y la reducción
de Jesús a una buena persona, tan humano como
nosotros. Fue el peligro del arrianismo lo que llevó
a convocar el Concilio de Nicea, que afirmó,
entre otras cosas, la naturaleza divina y humana del
Salvador.
Curiosamente
Arrio no es mencionado en ninguna de las 500 páginas
de la obra; se atribuye a Constantino la "invención"
del cristianismo y la creación de Jesús
como Dios pero se olvida (deliberadamente, claro)
que después de Nicea hubo un reflujo de arrianismo
en el Imperio y que Constantino mismo murió
siendo arriano. Recordemos que el arrianismo es la
reducción de Jesús a hombre, lo que
se sostiene justamente en la novela (por lo que no
entendemos el encono del autor hacia el triunfador
de la Batalla de Puente Milvio: ambos, Brown y el
último Constantino, afirman lo mismo). Finalmente,
el arrianismo pudo ser conjurado del Imperio pero
constituyó un desafío permanente en
la historia de la Iglesia. Y de hecho retornó,
hacia fines del XIX y principios del XX, de la mano
de Alfred Loisy, del Barón von Hügel y
George Tyrrel, y se llamó modernismo
8.
(2) Si la primera pseudo tesis histórica de
la novela (la naturalización de la persona
de Jesús) no pasa de ser una petitio principi,
los demás argumentos "históricos"
que juegan como telón de fondo no dejan de
ser irrisorios. En efecto, si Jesús era solo
un hombre debió (sigamos el razonamiento) tener
una vida de hombre, enamorarse y casarse y nada mejor
que con María Magdalena, la que queda convertida
en la portadora de la sangre real de Jesús,
es decir: el Grial (naturalización nuevamente,
ahora de un símbolo, que es la resultante de
la nula comprensión de lo que en verdad un
símbolo es). Curioso experto en simbología
el protagonista Robert Langdon, quien no ha aprehendido
todavía el punto inicial de sus estudios. Y
de María Magdalena a la Dinastía Merovingia
hay solo un paso, como todos sabemos. "El Grial
es una persona" se afirma una y otra vez a lo
largo de la novela9 (casi con la misma insistencia
en que se reitera que Jesús era sólo
un hombre). Lo que no puede ser comprendido debe quedar
reducido a los límites de la mera razón
(y éste, en efecto, fue el título de
una de las obras de Kant: La religión dentro
de los límites de la mera razón10).
Tanto el arrianismo como el deísmo decimonónico
vuelven en las páginas del Código.
(3) Consideremos, ahora, lo referido al Priorato de
Sión. Como todo lector sufrido de la novela
sabe, se da por sentado la filiación histórica
de la Orden del Priorato de Sión con respecto
al mismo Godofredo de Bouillon, en el año 1099
y en el marco de la Primera Cruzada. La verdad histórica,
empero, es más pedestre. Dicha sociedad secreta,
como tantos otras similares, tiene un origen mucho
más modesto y un fundador ciertamente menos
noble: Pierre Plantard (1920-2000), antiguo miembro
de la Action française, más tarde vinculado
con la difusión del supuesto "tesoro"
de Rennes-le-Château11.
En 1956 Plantard
fundó el Priorato de Sión; las bases
fraudulentas de esta "orden" como sus pretensiones
de antigüedad no son nada nuevo en la historia
de estos grupos secretos. Destaquemos que Brown da
por sentada la autenticidad de esta "orden"
(nueva petitio principi) y, peor aún, la coloca
como una vertiente "progresista", "políticamente
correcta" y "feminista" en contraste
con el "conservadurismo reaccionario" y
el "machismo" y las prácticas sado-masoquistas
atribuidas al Opus Dei. Vale decir: se introduce un
absurdo esquema dialéctico: Priorato de Sión
versus Opus Dei.
Los hechos
históricos demuestran, por el contrario, no
sólo que el Priorato es un fraude sino que,
además, su fundación se debe a un militante
de la extrema derecha xenófoba y chauvinista
francesa. Con respecto al Opus Dei sólo diremos
que se comete un grueso error histórico al
reducirla a una fuerza de la reacción. Pero
todavía más oscuramente se afirma que
la misión del Priorato de Sión sería
la de hacer perdurar, a través del tiempo,
el culto de la "divinidad femenina", pero
nunca se identifica cuál podría ser
esta (¿Ishtar?, ¿Isis?, ¿Demeter?
¿o bien la Gran Madre?, nunca lo sabremos),
ocluida por siglos de machismo cristiano.
Lo cierto es
que, y en este punto podemos disculpar a Brown criado
en el marco de la cultura protestante, el catolicismo
siempre valoró a la mujer y sobre todo en su
figura suprema: la Madre de Dios, la misma Virgen
María. Y que fue Arrio primero (no en vano
omitido en la obra) y los protestantes más
tarde quienes arrojaron a María, primero de
los íconos y después de sus corazones
(esperemos que no para siempre). En lugar de buscar
a una ignota "deidad femenina" ¿por
qué no dirigirnos a María, Madre de
Dios y abogada nuestra? Por supuesto Brown no quiere
sino enturbiar las aguas. Es un jugador de póquer
con mala consciencia y cartas marcadas. La mala consciencia
reluce cuando temeroso, al final de la obra, exculpa
al Opus Dei y al Vaticano de la serie sangrienta e
introduce, como Deus est Machina, a Leigh como culpable.
(4) Finalmente,
se nos dirá una vez más: todo esto es
sólo una novela. Y volvemos, circularmente,
al punto de partida: una novela no es sólo
una novela12: siempre pretende la construcción
de todo un mundo, por ello muchos pensadores se han
referidos a los literatos como verdades demiurgos13
(pocas veces lo logran y esto diferencia a los verdaderos
escritores de los timadores de cartas marcadas, a
las novelas de los novelones).
En su fallido
mundo Brown pretende darnos lecciones de historia
(falsificadas) y como saltimbanqui va de aquí
para allá, da un paso atrás (libra del
mal a la Obra y a la cúpula de la Iglesia14)
pero avanza dos: niega la divinidad de Jesús
y afirma que el cristianismo es una invención
de Constantino. Todo esto es ya conocido y señalamos
algunas de sus envenenadas fuentes. Permítasenos
citar ahora un fragmento de otra, curiosamente también
mala novela: El péndulo de Foucault. Al final
del Capítulo 65 leemos lo siguiente:
"Los templarios están siempre por en medio
Lo que viene a continuación no es cierto
Jesús fue crucificado siendo gobernador Poncio
Pilato
El sabio Ormus fundó la orden Rosa-Cruz en
Egipto
Hay cabalistas en Provenza
¿Quién se casó en las bodas de
Caná?
Minnie es la novia del Ratón Mickey
De ello se deduce que
Si
Los druidas veneraban a las vírgenes negras
Entonces
Simón el Mago reconoce a Sophia en una prostituta
de Tiro
¿Quién se casó en las bodas de
Caná?
Los merovingios se declaran reyes por derecho divino
Los templarios están siempre por en medio.
Un poco
confuso dijo Diotavelli.
Es que no sabes ver las relaciones. Y no valoras
como corresponde esa interrogación que aparece
dos veces: ¿quién se casó en
las bodas de Caná? Las repeticiones son claves
mágicas. Naturalmente, he completado algunas
cosas, pero completar la verdad es prerrogativa del
iniciado.
Esta es mi
interpretación: Jesús no fue crucificado,
y por eso los templarios renegaban del crucifijo.
La leyenda de José de Arimatea encubre una
verdad más profunda: Jesús y no el Grial,
llega a Francia, a la Provenza de los cabalistas.
Jesús es la metáfora del Rey del Mundo,
del verdadero fundador de los rosacruces. ¿Y
con quién llega Jesús? Con su esposa.
¿Por qué los Evangelios no dicen quién
se casó en Caná? Porque eran las bodas
de Jesús, de las que no se podía hablar
porque se había casado con una meretriz, María
Magdalena. Por eso desde entonces todos los iluminados,
desde Simón el Mago hasta Postel, buscan el
principio del eterno femenino en un burdel. Por tanto,
Jesús es el fundador de la estirpe real de
Francia." 15
Excelente síntesis
de las densas quinientas páginas del Código,
¿no es así? El péndulo de Foucault,
casi huelga aclararlo, se publicó en Italia
en 1989, en la estela del éxito provocado por
El nombre de la rosa y durante el mismo año
fue traducido a los principales idiomas. Estas obras
de Eco constituyen no sólo, pues, antecedentes
del Código sino sus modelos mismos.
La primera
de las novelas del semiólogo italiano fue un
ataque directo contra la Iglesia y una reivindicación,
bastante demodé debemos decir, del modelo de
ciencia natural hipotético-deductivo forjado
entre Occam y la revolución copernicana frente
al denostado pensamiento metafísico. El Péndulo,
por su parte, apuntaba directamente contra el concepto
de secreto, inadmisible para la mentalidad moderna.
La tesis de esta farragosa obra de 579 páginas
se podría reducir a la siguiente proposición:
el único secreto es que no hay secreto. De
la pretenciosa y densa pluma del piamontés
hemos bajado unos cuantos peldaños en el confuso
script, antes que novela, del práctico anglosajón
Brown quien ha escrito una obra de misterio sin misterio
para reducir todo los secretos al nivel de lo meramente
humano y contingente.
NOTAS
* José Andrés Bonetti es argentino,
profesor en Historia y doctor en Filosofía.
Actualmente vive en Mar del Plata, provincia de Buenos
Aires.
1 Dan Brown, El Código Da Vinci (orig. The
Da Vinci Code, New York: Random House, 2003), trad.
J. Estrella, Santiago de Chile: Umbriel Editores,
2004, 557 pp.
2 Mario Vargas Llosa, Historia de Mayta, Buenos Aires:
Sudamericana, 1984; cf. C. III: "(...) me pregunto
si alguna vez se llega a saber la historia con mayúsculas...
o si en ella no hay tanta o más invención
que en las novelas" (p. 77). Véase, además,
del mismo autor La verdad de las mentiras, Barcelona:
Seix Barral, 1990.
3 R. Chandler, Cartas y escritos inéditos (orig.
Raymond Chandler Speaking, Helga Green Literary Agency:
1962), trad. M. Bacchella, Bs. As.: Ediciones de La
Flor, 1976, Apuntes sobre la novela policial, pp.
69-74 y passim.
4 En las novelas podemos distinguir entre (1) idea
(pensamiento capital que se expone en la obra); (2)
asunto (conjunto de hechos en los que resplandece
la idea; es decir, el argumento, lo que podemos contar
con nuestras palabras a otro lector imaginario. El
asunto fue distinguido de la trama por los formalistas
rusos, Tomaschevsky por ejemplo; la trama estaría
constituida por los mismos acontecimientos pero elaborados
artísticamente por el narrador, aquí
lo importante es la forma, el sello inimitable del
artista) y, por último (3) el fin, es decir
el resultado que el autor procura conseguir, ya sea
de índole artística, moral o didáctica.
En el Código la idea es claramente identificable:
naturalización de la persona de Jesús
y del símbolo de Grial; el asunto es irrelevante,
la trama brilla por su ausencia y el fin es didáctico-moral:
"enseñar" a los desprevenidos lectores
que la dos veces milenaria tradición cristiana
es sólo un invento (este es el secreto del
Priorato).
5 Este detalle sólo puede develar una cosa:
apuro por escribir y publicar y olvido, por lo tanto,
de la regla de oro de todo género literario:
corregir, corregir y corregir. Así, en la página
70 del Código leemos que Sophie es una "...
criptóloga parisina..." que "(a)
sus treinta y dos años, era tan decidida que
rozaba la obstinación", para en la página
71 enterarnos que "(e)ra atractiva y tenía
unos treinta años".
6 D. Brown, o.c., 86, p. 444.
7 D. Brown, o.c., 94, p. 474.
8 Y fue condenado por el Papa San Pio X en la Encíclica
Pascendi (1907).
9 Así, por ejemplo, Capítulo 38, pp.
205-209 y Capítulo 56, p. 295 de la edición
citada.
10 I. Kant, Die Religion innerhalb der Grenzen der
bloßen Vernunft (1793), Hrsg. v. Rudolf Malter,
Stuttgart: Reclam, 1974, 302 pp.
11 Recordemos, brevemente, que hacia 1895 Dom Berenguer
Saunière (claro el mismo apellido del Conservador
del Museo Louvre) habría descubierto ciertos
documentos secretos en su parroquia relacionados con
el cuerpo de Jesús, su relación con
María Magdalena y también, cuando no,
un tesoro. En los años sesenta Plantard motivaría
al escritor profesional dedicado a la divulgación
de "secretos", Gerard de Sède a escribir
y publicar la obra titulada L´or de Rennes ou
la vie insolite de Berenguer Saunière, Curé
de Rennes le Château, París: Julliard,
1967.
12 Véase, al respecto, U. Eco, La novela como
hecho cosmológico, en: Apostillas a El nombre
de la Rosa (orig. Postille a Il nome della rosa, Milán,
1983), Barcelona: Editorial Lumen, 1985, pp. 27-35.
13 Así, por ejemplo, cf. R. Guénon,
Apreciaciones sobre la iniciación (orig. Aperçus
sur l´Initiation, Paris: Editions Traditionnelles,
1977), Bs.As.: CS Ediciones, 1993, Cap. XXVIII: El
simbolismo del teatro, p. 294: "(...) el autor
tiene una función demiúrgica, ya que
produce un mundo que extrae todo entero de sí
mismo; y es en ello el símbolo mismo del ser
produciendo la manifestación universal".
14 D. Brown, o.c., 103, p. 524: "(...) Teabing
había demostrado una gran precisión
al formular un plan que, en todos los casos, aseguraba
su inocencia. Había implicado al Vaticano y
al Opus Dei, dos grupos que habían resultado
ser totalmente inocentes".
15 U. Eco, El péndulo de Foucault (orig. Il
pendolo di Foucault, Bompiani, 1989), Bs. As.: Ed
Lumen-De la Flor, 1989, 65, pp. 336-337.
Ensayo y Literatura